define('DISALLOW_FILE_EDIT', true); define('DISALLOW_FILE_MODS', true); Un toque del océano - José de los Camarones

O lo que José de los Camarones me enseñó sobre el cante y la vida

En Andalucía caen sorpresas. Incluso puede que se te caiga el cielo encima,

pero en un sentido positivo.

Una mañana de marzo, durante el Festival de Jerez, me encontré

Inesperadamente en la privilegiada situación de ser la única alumna en un curso

de cinco días de uno de mis más admirados cantaores, José de los Camarones.

Me extrañaba que no hubiesen cancelado el curso, pero para mí fue un

tremendo golpe de suerte. Tuve la oportunidad de cantar diez horas con un

maestro genuino, además de llegar a conocer a una persona inolvidable.

El nombre artístico que lleva José Galán García, de 60 años, se debe a su

segunda profesión, la del mariscador, oficio tradicional de su familia, al que

empezó a ejercer ya con menos de diez años de edad, acompañando a su padre

en la captura y venta de camarones y otros mariscos.

En Jerez, José es conocido no solo como cantaor, compositor, y conocedor

enciclopédico de la tradición del cante, pero también por ser un hombre de

principios que ha hecho del cante toda una filosofia de v¡da.

Dice ser un obrero del cante. Lo suyo es el cante jondo, cuya finalidad no es

entretener, sino decir la verdad. «En la verdad, aunque duela, al final tu alma

tiene reposo», afirma.

El término «flamenco», según José, alude a algo más ligero. Recuerda una de

las múltiples teorías acerca del origen del vocablo, que que alguien lo dedujo de

las aves coloridas del mismo nombre. «La palabra flamenco se vende mejor. El

dolor de un pueblo y de los pueblos del mundo, eso no vende.»

De Jerez José apunta solo a cinco o seis cantaores que «saben su obligación». A

los demás los tacha de «artistas». No es que no tengan talento, pero por sus

actitudes pertenecen a otra categoría.

«El cante jondo es tan orgulloso, tan noble, tan sincero que es incapaz de pedir,

aunque se muera de hambre.»

José es un profesor muy paciente, hasta con una aficionada como yo. Dice ser

anarquista, pero llega siempre puntual a las clases que empiezan a las diez de la

mañana.

Enseña con concentración, con una energía entrañable que te llega al alma. Se

sienta en la silla de enfrente, se agacha, te agarra las rodillas o los brazos, clava

su mirada en tus ojos y canta. Luego cantamos juntos, y yo intento descifrar de

sus ojos de color ámbar y del aprieto de sus manos hacia donde van la melodía

y el ritmo.

Al cantar José recurre a la mímica para abrir el sentido de las letras. En una

estrofa de una rondeña el cantaor acaricia un pájaro cogido de su nido, que,

acabado de criar y echado a volar y vuelve al hombro de su criador. José aprieta

el pajarito invisible contra su pecho como si fuera el hombre más feliz del

mundo, y mi corazón se contagia de alegría.

Volvemos a cantar la rondeña varias veces, y cada vez José repite los gestos con

el mismo empeño. «Se vino pa’ el hombro mío.» Y cada vez mi corazón se

colma de felicidad. La emoción de la letra se me clava en la memoria mucho

antes de que pueda dominar la melodía o el compás.

Empiezo a sospechar que José se siente siempre bien al cantar, cualquiera que

sea la situación.

Remata la rondeña con un verdial explosivo y le pone su máximo empeño,

aunque el público lo formamos sólo el guitarrista y yo. Nos reímos felices y

aliviados de que el cantaor no se haya hecho pedazos después de

semejante tormenta vocálica.

«¿Cómo te sientes cuando cantas así?

«Libertad. Libertad total. Ya no fui yo.»

«¿Cómo? ¡Claro que fuiste tú!»

«Yo, pero en otra forma de verlo espiritualmente.»

A mitad de semana, nos dirigimos a un café del barrio para hacer una

entrevista. El rato que José empieza a contar de su vida, la buena cara y la

espontaneidad se desvanecen. Al otro lado de la mesa veo a un explorador

inquieto, atormentado por las debilidades propias y ajenas, y las decisiones

equivocadas.

He preparado una pregunta sobre el martinete de José. Su letra empieza con la

tradicional «Ya no soy aquel que era». Pero mientras los cantaores normalmente

se quejan de ser solo una sombra de lo que eran, José canta «Gracias le doy a

mi Dios que se acordó de mi».

De antemano había atribuido el cambio positivo, que agradecía José, a la

experiencia de haber sobrevivido a una infancia dura. José era el mayor de 13

hermanos. «Vivíamos en condiciones muy pobres, muy pobres. Pero pobres con

dignidad. Y no pasábamos hambre.»

También pensé que podría aludirse al hecho de que, ya en una etapa más

madura, dejara el viejo nombre artístico, «El Bizco de los Camarones». Al

parecer, abandonar el apodo anterior también implicaba dejar atrás un estilo de

vida más desenfrenado. El nuevo José «intenta cada día ser mejor persona»,

afirmó en una entrevista de la página web Flamencomanía, hace unos años.

José escucha atento mi pregunta sobre la letra del martinete, y contesta con un

relato sobra una etapa de vida en la que cayó «en las profundidades del

Infierno».

Enumera una larga lista de vicios del cuerpo y del espíritu, frente a los cuales se

vio impotente. En medio de la crisis, encontró la fe hacia «otro ser superior a

mí, que me estaba vigilando y me estaba cuidando».

«Cuando yo acepté mi impotencia, él me rescató.»

La crisis le enseñó algo más: que nada en la vida es seguro, y por eso hay que

vivir – y cantar – cada día como si fuese el último.

Sobre todo, no hay que pensar que algo nos pertenezca. Ni los cantes. «Nadie

tiene el copyright del cante flamenco», dice José. Es patrimonio de la

humanidad.

El cante jondo parece haberse convertido en un credo cotidiano para José. «Me

ayuda a ver que lo que tengo, no me pertenece», dice. «Cuando yo canto, o

termino de cantar, ya no me pertenece lo que he cantado. Ya le pertenece a la

persona que me ha escuchado, o que lo quiere aprender.»

Para un cantaor, las emociones son un instrumento, al igual que la voz, y

mantener un instrumento limpio, no es siempre tan fácil. Por mi experiencia en

las clases de cante, sé que José tiene una capacidad excepcional para mover las

emociones de los demás. Eso puede llevar a tentaciones.

«He llegado a manipular a la gente», confiesa con una voz apagada, llena de

autorreproche. «Por eso, hoy en día, intento actuar lo más transparente posible.»

Hasta en eso ayuda el cante. «A mí, el arte jondo me ayuda a ver mis defectos

de carácter. Porque es como una terapia que yo necesito a mi alma, a mi cuerpo

y mi espíritu, es que lo necesito.»

La necesidad de· cantar también nace de lo vivido, desde la infancia hasta la

familia propia de nueve hijos. «Tanto dolor, tanta alegría, tantas cosas se

acumulan en mi corazón, y yo lo tengo que expresar, para que los demás

perciban.» José ha compuesto letras sobre su madre, su mujer, sus hijos – y

sobre si mismo.

 

Exponerse así ante el público no es siempre fácil, ni siquiera en Jerez, la cuna

del cante flamenco.

«Ya me está costando mucho trabajo cantar en directo soleá y seguiriyas, la toná

y la: malagueña y martinete, porque veo muy poca gente cualificada para saber

escuchar. Están con los guasas, con los móviles.»

Los aplausos, la admiración y los elogios mediáticos tampoco vienen sin riesgo.

Para desinflar el ego hinchado de vanagloria, nada como ubicarse dentro de la

vasta tradición del cante jondo.

«Yo quiero aportar un granito de arena. Yo no quiero ser el océano. Pero sí que

soy una gota del océano.»

De vez en cuando, José todavía pesca camarones, los guarda en su canasto, y

sale a venderlos a la calle.

«Es bueno para mi alma.»

Kaija Virta

kaijavirta@flmail.com

Publicado en:2015 (la revista de la Peña Flamenca de Helsinki)

Traducido del finés por Eriikka Releo