JOSÉ DE LOS CAMARONES
Yo no soy viento de nadie para que sople su vela;
para aguantar temporales,
visto mi barca de seda
y que navegue a su aire (letra flamenca)
Escribir sobre José es tan difícil como guardarse todo lo que se puede decir de él. No tiene dobleces, el hombre y el artista son uno sólo, con sus dudas y sus certezas. Sacando brillo a sus aciertos y enterrando sus tropiezos, ha reunido mil vidas en una sola y se ha convertido en un pozo de sabiduría al que muchos nos acercamos para refrescarnos y encontrar la verdad, un concepto que a la sombra de José deja de ser subjetivo o relativo.
Nuestra amistad se ha forjado a base de largas conversaciones, horas de radio en las que nunca me ha defraudado, charlas flamencas que siempre atraviesa con una palabra o una reflexión certera. A las primeras de cambio me dejó asombrado con su locuacidad, su particular visión de la vida y su extraordinaria fuerza de voluntad. El asombro ha dado paso a una sincera admiración por aquel que es fiel a sus principios, un hombre que ha limpiado su corazón y su alma y que afronta el día a día con entusiasmo por la vida pese a que ésta, inmisericorde, le ha dejado cicatrices imborrables.
Su interés por la cultura y por las culturas ha hecho a José trascender del flamenco, aunque, no cabe duda, que el cante jondo andaluz es el referente y la brújula de sus pasos. Cuando afina la garganta y templa el gesto estamos ante la máxima expresión de un José de los Camarones que vive como canta y canta como vive, un señor llamado a ser uno de los guardianes del Santuario de lo Jondo. Por eso este libro, por eso su defensa a ultranza del flamenco sin artificios, por eso su desprecio por el márketing, porque José sabe que estamos ante algo mucho más grande que una expresión artística, que estamos hablando del ADN de nuestra tierra y del mejor instrumento que puede tener la baja Andalucía para prosperar y defenderse de cuantos ataques vengan.
En su cante está esa verdad de la que antes hablaba, ese sufrimiento, esas luces y sombras que se derraman entre sus añejas cuerdas vocales. Y agarrado al salvavidas del flamenco José Galán ha logrado algo que no está al alcance de cualquiera, reconstruirse a sí mismo, dejar atrás a aquel Bizco de los Camarones que todavía se revuelve en su interior e intenta arrastrarlo a los bajos fondos. El cante jondo andaluz ha sido para José una cura, una terapia que, curiosamente, contagia cada vez que se sube a un escenario o te dedica un rato de charla. A mí, al menos, me pasa. Escucharle ha sido en muchas ocasiones un bálsamo para las heridas, el resorte necesario para afrontar retos u obstáculos o la ocasión perfecta para reflexionar sobre asuntos que de otra forma habrían pasado de largo. Y me consta que son multitud los que han sentido algo parecido cuando han sintonizado su voz en la radio.
Mi amigo está hecho de jirones y de golpes, pero también de grandes éxitos, abrazos y risas. El niño que mariscaba con viento y marea junto a su padre, lleva hoy en sus redes camarones y cantes por soleá, martinetes y deblas; y, sobre todo, lleva la fuerza que sólo tienen los hombres cuya honestidad les ha hecho libres con mayúsculas.
Javier Benítez. Periodista